En la zona alta de El Manzano, un silencio pesado acompaña la vida de don Aurelio Cifuentes. Un hombre de setenta y un años que aprendió a vivir de espaldas al cielo, ocultando en su memoria el misterio de una noche de julio y las marcas imperecederas del pasado.
Hoy nos adentramos en su historia, allí donde la luz violeta y las estrellas parecen dictar sus propias reglas.
### EL MANZANO
Mi vecino se llamaba Esteban.
Vivía en la parte alta de El Manzano, en una casa antigua desde donde se veía perfectamente el cerro Corcova.
Era un hombre tranquilo.
No bebía.
No salía mucho.
Y, según él mismo decía, jamás había tenido problemas para dormir.
Hasta aquella noche.
Me contó que estaba afuera de su casa cuando notó algo extraño en el cielo.
Las estrellas habían cambiado.
Al principio pensó que era su imaginación.
Pero después se dio cuenta de que algunas formaban líneas perfectamente rectas.
Luego aparecieron cuadrados.
Después triángulos.
Y finalmente una figura enorme que parecía extenderse sobre todo el cerro.
No era una constelación.
Las estrellas estaban demasiado juntas.
Y cambiaban de posición.
Esteban tomó una fotografía.
La imagen salió completamente negra.
Excepto por un punto violeta.
Esa misma noche tuvo su primer episodio de parálisis del sueño.
Despertó de madrugada.
No podía moverse.
No podía gritar.
Y frente a la ventana había una luz violeta.
No iluminaba la habitación.
Era como si la luz no perteneciera a este mundo.
Flotaba.
Quietamente.
A unos dos metros del suelo.
Esteban pensó que era algún vehículo.
Hasta que escuchó una voz.
Era la voz de su madre.
Su madre había muerto hacía años.
—Esteban…
Él intentó cerrar los ojos.
No pudo.
La luz comenzó a acercarse.
Y entonces aparecieron imágenes.
Una casa.
Un niño.
Una bicicleta.
Una puerta.
Esteban comprendió que estaba viendo recuerdos de su infancia.
Pero no cualquier recuerdo.
Los que le provocaban vergüenza.
Los que había enterrado durante décadas.
Al día siguiente estaba agotado.
Me dijo que no quería hablar del tema.
La noche siguiente volvió a ocurrir.
Esta vez la luz apareció antes.
Y la ventana estaba abierta.
Esteban vivía solo.
Había cerrado todas las ventanas antes de dormir.
La luz entró.
Y volvió a mostrarle recuerdos.
Pero había algo diferente.
Esta vez aparecía él mismo.
De niño.
Parado frente a una puerta.
Mirando hacia atrás.
Como si esperara que alguien llegara.
La tercera noche ocurrió algo peor.
Esteban despertó y vio la luz violeta frente a su cama.
Pero esta vez no estaba sola.
Dentro de la luz había figuras.
Pequeñas.
Humanas.
Como personas vistas desde muy lejos.
Una de ellas levantó la mano.
Esteban sintió que algo entraba en su cabeza.
No escuchó una voz.
Escuchó pensamientos.
Pensamientos que no eran suyos.
«Te acuerdas.»
«Lo escondiste.»
«Lo viste.»
«Lo olvidaste.»
Esteban comenzó a llorar.
A la mañana siguiente fui a verlo.
Lo encontré sentado frente a la casa.
Miraba el cerro.
—¿La viste? —me preguntó.
—¿Qué cosa?
Señaló las estrellas.
No había nada extraño.
Entonces me dijo:
—Esta noche no van a aparecer.
—¿Cómo sabes?
Me miró.
—Porque ya encontraron lo que buscaban.
Esa noche Esteban desapareció.
La policía buscó durante días.
Encontraron su camioneta.
La puerta estaba abierta.
Las llaves seguían puestas.
No había señales de violencia.
Solo había una cosa extraña.
En el suelo, frente a la casa, encontraron cientos de pequeñas piedras formando una figura geométrica.
Un enorme círculo dividido en líneas.
Exactamente igual al patrón que Esteban había visto en el cielo.
Nunca encontraron su cuerpo.
Pero desde entonces, algunos vecinos de la parte alta dicen que ciertas noches las estrellas sobre el cerro Corcova vuelven a cambiar.
Y cuando ocurre, hay una recomendación que se repite entre los antiguos:
No mires demasiado tiempo.
Porque si reconoces el patrón…
es posible que el patrón también te reconozca a ti.